Elogio de la anormalidad (¿déficit de atención e hiperactividad en la infancia?)


Por Miguel Jara

Soy anormal a mi manera, vamos que hago las cosas a mi modo y en numerosas ocasiones no coinciden con el de la mayoría. No sé lo que me guía, las hago como creo que hay que hacerlas (para mí que bien o eso intento), no sé si es bueno o es malo. Ya de niño era así, me distraía con frecuencia (y sigo haciéndolo, unas cuantas veces al día, muchas) y por suerte no había una etiqueta que aplicarme: Déficit de atención con o sin hiperactividad.

Es que estos días he tenido reuniones con profesores y maestras y no he podido evitar volver a la infancia. En alguna de las charlas he estado sentado en esas sillas de hierro y madera de vivos colores que hay en las aulas infantiles. Cuesta levantarse de ellas con 1,87 de estatura y más cuesta entender algunas cosas que yo sigo sin comprender (y prometo que he estado atento, siempre atentos como si la vida fuera una continua guerra en la que la más mínima distracción puede costarte la vida).

Nos enseñan desde pequeños que en la igualdad todos somos diferentes y que eso es bueno. Que la sociedad es plural y que hay que respetar a los demás; cada uno es como es.

Pero envuelto en ese aroma a ternura que se respira en las aulas infantiles, tan llenas de dibujos que han realizado los pequeños, con ese calorcito de la calefacción siempre puesta un punto por encima de lo “normal”, he sospechado que desde niños también nos diferencian y que el que sale “perdiendo” es el que no es “normal”.

Lo normal hoy es, resumiendo mucho, producir y consumir desde la cuna hasta la tumba, eso es lo normal. ¿No, qué hace la gente “normal”? Y me pregunto si eso no es lo que está promoviendo la escuela (así en general, por supuesto que hay mentes brillantes al frente de las aulas y en la dirección y en la asociaciones de padres y madres, claro). Pero yo escribo sobre la institucionalización de la educación normalizante.

Y bueno… que, vaya me estoy distrayendo. A ver… centrémonos. ¿Por qué hay niños, en todas las aulas, que se distraen, que “están en su mundo”, que en vez de atender cogen un lápiz y “a saber qué están pensando que se queda media hora mirándolo sin atender a la clase”?

Porque tienen un rico mundo interior. Pero ¡qué maravilla!, niños con una inocencia aún sin vejar, aún sin que sus mentes hayan sido degeneradas por el producir-consumir. Cerebros por cuyas neuronas aún en formación quizá corren libres ideas y modos propios y pequeños proyectos y ambiciosas aventuras y sueños que quizá algún día se hagan realidad.

¿No es estupendo ser niño/a?

Lo normal es estar callado en clase, unos 50′ por cada una, varias, muchas veces cada día, durante cinco días de cada siete que tiene una semana, durante la mayor parte de las semanas del año, durante casi todos los años. Es lo normal.

Y el niño con una rica vida interior, con un mundo entero en su todavía pequeño cerebro, en su gran corazón ¿qué hace? Busca a los sensibles, a quienes combinan su inteligencia y saber hacer con la ternura de su existir.

Son los diferentes, los “especialitos”, los que en el patio, durante el recreo “no juegan al fútbol como todos los demás” (y me gusta mucho el fútbol); los que “a saber qué hacen en ese momento, están en su mundo”.

Así, en la escuela que nos enseña el respeto y la tolerancia, la educación en valores (que tan acertado me parece) va encasillando y diciendo: “bueno, de momento no va mal, no hay problemas, es muy distraído pero como es muy inteligente, mucho, por encima de la media seguro, va aprobando e incluso sacando buenas notas”.

Pero ¿qué sucederá cuando la inteligencia sensible de estos niños/as que están en “su mundo” les lleve a expresar su enorme creatividad de otro modo y sigan desconectando de las clases, distraídos en sus sueños infantiles y las notas ya no sean tan buenas y se vayan descolgando quizá, quién sabe. ¿Qué hará el sistema educativo?

Quizá, sólo quizá, entren en juego las etiquetas médicas: Trastorno de Déficit de Atención con o sin Hiperactividad. Y la medicación: metilfenidato. Porque tenemos la suerte de vivir en una sociedad que ha inventado una pastilla para todo. Así de fácil se pueden curar las ganas de vivir, la pasión de ser niño/a, de retener en tu rico mundo interior la libertad, la resistencia a la domesticación.

 

Por supuesto, la citada droga cobrará su peaje. Interferirá en los sentimientos e ideas del chico o de la chica, cambiará su modo de ser, “reseteará” su mente y ya no volverá a ser como era, normal.

Así que ¿qué es lo normal en un mundo que está al revés, que es anormal? Quizá la anormalidad es lo deseable, lo normal.

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